Blogia
De Quimeras y Ensoñaciones

Corro de brujas

El misterio se escondía tras de sus cerrados párpados pintarrajeados de fresa del bosque, un bosque vestido de níscalos en rodales, en corros de brujas, hongos anaranjados que surgían tras las lluvias otoñales y eran su néctar preferido, naranja y fresa, fresa y naranja, el fresa de sus párpados y el naranja de sus níscalos.

Y ella sabía donde buscarlos, allá donde las brujas jugaban a formar corros, corros de brujas.

Indiferente a las palabras, a las recomendaciones, a los consejos – un consejo no pedido es en si un acto de hostilidad -, a las leyendas que hablaban de desaparecidos y maldiciones, de Trasgos y Gnomos, de Trolls y brujas, de nigromantes y arpías, de engendros de la noche, ella, en su inercia inocente de alma afligida, de corazón roto y engañado, de ser errante que no busca nada, que anhela vagar eternamente en el limbo, en el purgatorio de almas imperfectas, quebradas por el amor, por la traición, por la más vil y rastrera perfidia, por la alevosa infidelidad de aquel cuyo nombre juraría no volver a pronunciar, ella, haciendo caso omiso de las patrañas y mitos del bosque que corrían de boca en boca, quiso perderse para siempre entre sus entrañas, quedar olvidada en el entresijo de brumas y oscuridad.

No importaba a donde llegar, tan sólo partir, huir, zafarse de su presente de humillaciones y olvidarle, condenarle al abandono a perpetuidad, al destierro y paradójicamente era ella la desterrada, la que se convertiría en proscrita por una sinrazón, una maldita conjura de sentimientos encontrados, heridos, gobernados por las pasiones del desengaño, de la lujuria y el pecado.

Se había pintado los párpados de fresa para su cita, vestido con los mejores ropajes, calzado su mejor sonrisa en los labios y peinado su ansia rebelde con fragancias de rosas y sin embargo él se hallaba bajo los efluvios de seducción de otra ninfa de pletórica hermosura, de una arpía lujuriosa con instintos de diablesa.
Y quiso el fatal destino que la opacidad y el secretismo con que se llevaba a cabo aquella injuria, aquel agravio, de aquellos dos seres, retozando, copulando, revolcando sus ansias carnales, se mostrase cristalino y diáfano ante la mujer de párpados pintarrajeados de fresa que en aquel instante les contemplaba con hastío y estupor..
Su rostro se expandió cual universo al verles hacer el amor, sus ojos a punto de salir de sus órbitas cual planeta, su boca abierta en un grito que no salía, que tan sólo escuchó su interior, sus manos cerradas en puño, clavándose las uñas en la palma hasta hacerlas sangrar, el fresa de sus párpados se tornó sangre que corría cegándola y allá, ella supo entonces que sus ilusiones se habían roto.

¡¡ Los mataría a los dos ¡¡ .

A él por haberle jurado, por haberle hecho una promesa de amor.
A ella por haberla entregado el reconocimiento de la amistad eterna.

No hay traición más indigna e injusta. Las dos personas en quien más confiaba, a quien más amaba, con quienes había compartido su vida entre risas y chanzas, habían cometido la peor de las villanías. Ahora sólo quería huir, olvidar, buscar la amnesia de los hechos, dormir para siempre en el bosque de los recuerdos perdidos, no perdonar, no disculpas, nada.
En lo intrincado del bosque maldito sintió miedo, huesos helados tiritando, perdidos. Noche oscura sin luna. Ulular del cárabo. Crujido de ramas bajo las pisadas sin rumbo, ateridas de frío. Temblores en la madrugada. Desesperación e impotencia. Resignación. Cansancio infinito del cuerpo, dolor del alma. Terror en la noche.

Apoyose contra el rugoso tronco de un haya, temblando, sin remordimientos y se dejó caer suavemente, apoyando su espalda, hasta quedar sentada, luego reclinó las rodillas y las abrazó con sus brazos, como solía hacer con aquel a quien tanto había amado, apoyó su cabeza contra las mismas hundiéndose entre un mar de lágrimas que arañaban su mejilla.
Cuando su llanto cesó, una tibia sensación de bienestar le hizo alzar sus ojos y un agradable chisporroteo de luces y cálidos naranjas le sorprendió. Alguien le dio la mano, amigable, sincera, y dejó de temblar, escuchó más voces y sonrió.
Si, eran ellas, las brujas del bosque, formando un corro, corro de brujas en torno a una hoguera. Se enjuagó las lágrimas con el dorso de la mano y al mirárselas contempló que eran del color de la fresa, del color de sus párpados pintarrajeados.

0 comentarios